LA DECEPCIÓN ES ESA MEZCLA DE RABIA Y TRISTEZA QUE EXPERIMENTAMOS CUANDO ESPERAMOS UN RESULTADO BUENO Y NOS LLEVAMOS UN DESENGAÑO.
Los hijos
son una parte fundamental de nuestra realización como personas aunque en
principio no es una razón para iniciar una vida en común, o al menos para
nosotros no lo era, -quizás demasiado jóvenes para pensar en tener hijos- lo
cierto es que al año de habernos casado tuvimos nuestro primer hijo, sin
buscarlo solo ocurrió.
De manera
inmediata y sin saber muy bien cómo, una serie de sentimientos de felicidad,
alegría, satisfacción y un largo etcétera
de emociones algunas que ni siquiera sabía que poseía en mi interior,
invadieron mi alma, y de manera urgente mi cuerpo y mi mente reaccionaron al
unísono con gran alegría, orgullo y satisfacción.
Cuando supe
que iba a tener un bebe tuve dos pensamientos iniciales, el primero es que
quería que el niño (porque estaba seguro de que iba a ser un chico) se
pareciera a mi mujer, y el segundo que naciera sano, sin enfermedades ni
trastorno alguno.
Durante los
años siguientes tuvimos dos niñas, y los tres para nuestra satisfacción han
sido y aún son unos hijos sanos.
La vida no
es fácil para nadie, para nosotros tampoco lo ha sido pero a base de
tenacidad, esfuerzo y lucha, hemos conseguido tener una vida satisfactoria,
algo de lo que me he dado cuenta recientemente.
Siempre
creemos que nuestro transito vital es complicado, difícil, complejo y duro, las
decepciones, las mentiras, las traiciones, las dificultades nos parecen un
esfuerzo demasiado formidable que no nos merecemos, nos parece injusto.
Pensamos que
nuestra vida no nos ha compensado por todo el coraje enorme que hemos tenido
que realizar para llegar hasta aquí, aunque en nuestro fuero interno estamos
satisfechos porque sabemos que la vida es un regalo, algo que ocurre sin nuestra
intervención ni consentimiento, que no depende de nosotros y aceptamos que cada
día que vemos salir el sol, es un milagro.
De manera
voluntaria y consciente dejamos de pedir cuentas al destino, de reclamarle las
injusticias que según nuestro ego hemos padecido.
Veo a los
jóvenes de alrededor de 15 a 20 años que permanentemente hablan de derechos,
pero que muy pocas veces se paran a pensar en sus obligaciones. Como si el
poder ir a la universidad, comer todos los días, tener ropa, y vivir sin
sobresaltos fuera una prebenda que por el simple hecho de nacer les corresponde,
sin pensar en las horas de trabajo de esfuerzo y de lucha que a sus padres les
ha costado conseguir esa seguridad de la que disfrutan, no por designación del
destino, sino por el privilegio que les han otorgado sus padres.
Nuestra vida
es como un Tour donde vas quemando etapas, consigues victorias parciales que
te ayudan a seguir, a no escatimar esfuerzos y a no tirar la toalla. Al
principio ves la meta muy lejana por eso a veces no tienes prisa por llegar,
tienes tiempo de sobra, pero el tiempo no tiene favoritos, es sin duda el más
cruel pero el más justo de los acontecimientos que vivimos, porque no se puede
manipular ni engañar.
A veces
pienso que los que sufren mucho el tiempo les parece demasiado lento, cuando
alguien está gravemente enfermo o tiene una enorme pena, o se angustia por la
posible pérdida de un trabajo, una vivienda o cualquiera de las cosas que
considere imprescindibles para su vida, el tiempo corre demasiado lento.
Sin embargo
aquellos que tienen la suerte o el privilegio de vivir con desahogo una vida
placentera, sin sobresaltos económicos,
sabiendo que siempre van a vivir de manera desahogada e incluso lujosa, el
tiempo (salvo enfermedad grave) les parece que va demasiado rápido e incluso
alguno considerará injusto que tenga que morir, él, que la vida le trata tan
bien.
Y esa es la
grandeza e imparcialidad del tiempo, un minuto es para todos igual no hay
manera de cambiar eso.
En la
carrera que nos toca vivir hay etapas placenteras, recorridos rectos, sin
sobresaltos, sin subidas o bajadas peligrosas que te obliguen a esforzarte,
otras sin embargo tienen puertos de montaña donde debes realizar un esfuerzo
considerable para llegar a la cima.
Y así casi
sin darte cuenta te vas acercando a la meta, haciéndote preguntas que nunca te
habías hecho, sobre la vida, la muerte, sobre los motivos que te han empujado a
hacer una cosa u otra, sobre tus hijos, tu mujer, en definitiva va llegando el
momento de intentar que cada lugar, cada rincón, cada arista de tu vida, se
ajuste se acople de manera perfecta en tu concepto de vida, necesitas no sentir
decepción o tristeza al mirar atrás.
No he
logrado todo lo que quería pero si he luchado para conseguirlo, en mi
vocabulario no existe, “debería, tendría,... que haber hecho esto o aquello”
me prometí a mí mismo vivir intentando alcanzar mis metas, tanto personales
como profesionales, lograrlo no depende solamente de mi voluntad, de mi
esfuerzo, juegan la suerte y la oportunidad.
La vida
tiene atajos, curvas, cuestas empinadas y rectas por las que caminar de manera
relajada apenas sin esfuerzo, pero en cualquier momento, en cualquier tramo
aparece el imprevisto, la sorpresa.
Ahora cuando
al fin creía que mi caminar sería más tranquilo y placentero, cuando parecía
que todas las personas que me importan gozan de equilibrio, estabilidad y
salud, una nueva dificultad, un nuevo contratiempo se instala en mi vida.
Cuando mi
hija Raquel se quedó embarazada por segunda vez, (quería que su hija, mi nieta
Isabel, creciera con un hermano) sentimos una gran alegría, la venida al mundo
de un hijo, un nieto en nuestro caso, es siempre una hermosa noticia, durante
el tiempo del embarazo esperamos a mi nieto con alborozo y optimismo, era
nuestro cuarto nieto.
El día del
parto estuvimos acompañando a mi hija como no podía ser de otra manera,
esperábamos ilusionados y ansiosos en el nacimiento de Álvaro, -que es cómo
sus padres le iban a llamar- todo había ido bien, tanto la madre como el niño
estaban perfectamente.
Después de
esperar varias horas al fin podíamos ver a nuestra hija y sobre todo a Álvaro,
lo recibimos con gran alborozo, una amplia sonrisa iluminaba nuestro rostro, ya
teníamos a nuestro nieto en brazos.
Sin embargo
al mirar a mi hija, su rostro reflejaba no solo el cansancio propio de haber
parido hacía tan poco tiempo, la expresión de sus ojos, su mirada mostraba una
gran tristeza.
Al ver a
Maribel su madre y apasionada abuela, coger a su hijo con una enorme sonrisa de
satisfacción y alegría, tuvo que con gran esfuerzo y decisión, decir:
-
Mama, Álvaro tiene síndrome de Down.
Su pequeño
rostro con los ojos cerrados -estaba dormido- eran tranquilos, su respirar
pausado, su semblante relajado, y en él, ningún rasgo que revelara algún
defecto o anomalía, sin embargo el médico nos aseguró sin margen de error que
el niño padecía el síndrome. Teníamos que hacernos a la idea.
La expresión
de su abuela se transformó de manera inmediata, borrando de manera drástica la
amplia sonrisa que iluminaba su rostro y su mirada, mientras, alejado un poco
de la escena que contemplaba con la calidez y la satisfacción propia del
momento, desapareció mi sonrisa, dando paso a una mueca de incredulidad,
confusión y asombro.
El destino
me acababa de dar un golpe inesperado para el que de ninguna manera estaba
preparado, ni física ni anímicamente.
Mi vida
desfiló ante mis ojos a la velocidad de la luz y todos los momentos duros,
difíciles y complicados por los que había pasado en sesenta y siete años de
vida, no se podían comparar al hecho irrefutable de tener a mi nieto al que ya
quería con una anomalía genética que le marcaría para toda la vida.
Durante un
segundo desee que no hubiera nacido, por mi mente trastornada pasaban imágenes
vistas, recordadas o simplemente imaginadas, de la fragilidad y falta de
expectativas para alguien con síndrome de Down, alguien que siempre tendría que
depender de terceros para poder llevar una vida simplemente decorosa.
Todos los
prejuicios y perjuicios que anidan mi mente brotaron como una fuente cuyo
grifo se ha roto y el agua sale impetuosa, sin control, ni medida. No podía
aceptar que eso me pasara a mí y aún menos a mi hija, alguien tan buena,
cariñosa, y entregada como ella, la de corazón más tierno, dulce y noble de mis
hijos.
El único
consuelo que tuve en ese momento es que Álvaro había tenido la inmensa suerte
de tener como madre a mi hija Raquel, alguien con un sentido del amor, cariño,
paciencia y ternura, inmenso.
Sin poder
evitarlo mis ojos se llenaron de lágrimas, una inmensa pena y tristeza llenaron
mi alma. De repente me sentía sólo, desvalido, insignificante y frágil, tuve
que hacer un gran esfuerzo para que mi hija no me viera llorar.
Ya en mi
casa mi mujer y yo mismo pudimos desahogarnos, y llorar para liberar la
inmensa pena que anidaba nuestra atormentada alma.
Nace un niño
con síndrome de Down por cada 2.000 niños, y nos había tocado, pensamos que a
partir de ese momento nuestra vida ya no sería igual, aceptar a nuestro nieto
era lo primero y lo hicimos con la confianza y la seguridad de nuestro amor
incondicional, pero con la certeza de que nuestra felicidad ya no sería la
misma.
Me sentí
decepcionado no entendía porqué a mis sesenta y siete años la vida me daba
este revés, que como a todos a los que les pasa algo así, sienten que no se
merecen.
Sin embargo
mi voluntad y mi entereza no permitieron que la decepción y la pena bloquearan
mi mente, como siempre que he tenido un revés en mi vida me he repuesto y en
mi cabeza solo había una decisión que tomar; aceptar, ayudar, apoyar y amar a
Álvaro, un niño hermoso e inocente al que desde ese mismo momento decidí que
sería alguien fundamental para mí, por quién iba a luchar lo que hiciera falta.
Mi amor por
mis hijos y nietos ha sido siempre parejo, nunca he tenido favoritos, a todos
he querido igual, con todos me he comportado de manera idéntica tratando de
entender a cada uno y dando lo que según mi criterio cada uno necesita, pero
queriéndolos a todos de manera equivalente, pero ahora tengo que reconocer que
Álvaro es especial para mí.
Siempre he
aprendido del ejemplo de los demás para saber que debo y que no debo hacer,
que cosas me gustan y cuáles no, en muchos casos ver el comportamiento de otros
me ha servido para afianzar mis ideas, otras para cambiarlas, pero siempre con
la mente abierta, sin temor a aprender y mejorar.
En solo unos
meses mis aprensiones, mis dudas y mi pena fueron desapareciendo, dando paso a
una cada vez más profunda alegría, hasta el punto de que ahora que Álvaro tiene
dos años y medio le doy gracias al destino por tenerlo conmigo.
He aprendido
de él y con él, por suerte su salud hasta el momento es buena no tiene ninguna
deficiencia patología, aunque siempre hay que estar pendiente para ver como
evoluciona.
Hoy es un
niño alegre, avispado, voluntarioso, cabezón, temperamental y pese a su
anomalía, bastante despierto, veo con orgullo la voluntad, la fuerza y las
ganas que pone en todo lo que hace, parece ser consciente que cada avance que
realiza le cuesta más trabajo que a cualquier otro niño de su edad. Pero no
importa tiene la constancia y el interés necesario para aprender, es como si se
hubiera propuesto ser autónomo cuando sea mayor y para eso sabe que tiene que
esforzarse mucho, lo acepta con alegría y con una permanente sonrisa, con la
que me premia cada vez que estoy con él.
Por suerte
está en este mundo con sus padres, con sus abuelos y con su hermana, además del
resto de la familia de los que se ha ganado el cariño. Tengo que agradecerle
que me haya hecho mejor, que me haya enseñado a mirar de otra manera al mundo
que me rodea, que ya no me importe ser vulnerable aunque eso pueda parecer
débil, siento que ya no necesito coraza, ni arrogancia, ni cabrearme con el
mundo porque no me gusta, porque es injusto, porque es cruel.
Todo eso es
cierto pero no tiene importancia, porque lo importante es verle crecer con su
abuela, sus padres y su hermana, reír con él, sentir como aprende como se
prepara para cuando sea mayor, con su eterna sonrisa y su gesto contrariado,
como diciendo sé quién soy, lo que soy, y no
me dejaré manejar, seré quien yo quiera ser, aunque algunos lo duden. Mi
abuelo y yo, sabemos que será así; el resto que piense lo que quiera.
07-2017
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